lunes, 2 de mayo de 2011

Lecciones para un beso: publicidad matando cinematografía

(Escrito el 25 de abril de 2011)

Durante la denominada época dorada de Hollywood entre los años treinta y sesenta del siglo pasado, una de las características de su ritmo narrativo era el denominado montaje invisible. Este se construía en la sala de montaje para que la historia fuera lo más pulcra posible, sin que hubiera alguna interrupción en la unión de planos que entorpeciera la narración de la historia y que mucho menos le diera tiempo al espectador de poner en tela de juicio la puesta en escena de la película.
La película colombiana Lecciones para un beso  del cartagenero Juan Pablo Bustamante, es narrada de manera clásica como el antiguo Hollywood, pero muestra las costuras de su construcción, visibilizando problemas en su dirección y también en su guión.   Con respecto a su dirección, la película en su gran mayoría de minutos y en especial en el cierre de su tercer acto, tiene una puesta en escena más cercana al lenguaje de la publicidad que a un lenguaje narrativo para una historia cinematográfica. Por momentos parece más una extensa coreografía que se adecua para la acción de unos modelos entrando a escena, que a personajes de una obra movidos por sus motivaciones para tratar de resolver sus conflictos. Se notan las marcas que les dieron a los actores, para su desplazamiento dentro del encuadre de la cámara.
Con respecto al guión, tenía una historia que a pesar de lo predecibleque se trazaba desde su trailer, podía explorar las relaciones entre los personajes, pero se orientó más por darle prelación a la conclusión de la acciones, descuidandolas motivaciones como punto de partida. Aquí, otra vez entrometieron el lenguaje publicitario, con acciones mecánicas, carentes del espíritu de las personalidades.   Sus diálogos aunque son abundantes son superfluos y en muchas tomas, las acciones de los personajes se adelantan a los diálogos que originan esas acciones.   El papel principal de Alejandro el adolescente, debió ser el de mayor cuidado en su construcción, pero fue el más abandonado.  Lo ridiculizan desde el inicio, paseándolo durante varias secuencias con un maletín de viajero con ruedas, que contradice su interés por ser tomado como casi un adulto.  
Acerca de la interpretación el joven actor José Julián Gaviria poco podía hacer ante la malograda construcción de un personaje que está la mayor parte del metraje mostrando solo sus molestias y exagerando su emotividad.  Un personaje construido como el hombre de hojalata de El Mago de Oz, que se puede ver, pero que no hay ninguna emoción dentro de él.  
El papel de Antonia, la mamá, interpretado por Cristina Umaña, tampoco logra crear el parentesco con Alejandro y más bien sus diálogos parecen los consejos de una tía o una vecina que ha conocido al joven por un buen tiempo.  En cambio, el personaje de Guillo, interpretado por el cubano Bárbaro Marín, es el más logrado de todos porque transmite el carácter de mujeriego y mentiroso, uno de los tantos estereotipos del hombre de la costa Atlántica colombiana. Las situaciones en que se ve envuelto y su interpretación, son lo mejor de la película, junto a la pareja que hace con Catalina Londoño, quien lleva el papel de Mónica, la víctima de una de las apuestas.  
La dirección de arte es un acierto de la obra, porque recrea el mundo burgués de Cartagena y se complementa con el buen trabajo de selección de locaciones de la ciudad amurallada.
Lecciones para un beso es una película en la que finalmente prevaleció un interés por agradar a un público con todo su colorido fotográfico pero que en los trazos de su historia y sus personajes,  esos colores quedaron nebulosos.

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