sábado, 11 de diciembre de 2010

Océanos: los sonidos del mar

(Escrito el 7 de septiembre de 2010)




Entre todas las hermosas imágenes que tiene el documental francés Océanos me voy a referir a una en primer lugar y aclaro que elegir una es seleccionar muy poco.  La cámara está estática dentro del mar en un plano general. Un buzo está solo pataleando levemente para sostenerse en el agua. Entrando a cuadro y con lentitud, desciende una ballena que lo va rodeando y luego le da una vuelta. No lo toca, ni lo ataca, solo lo reconoce. El plano puede tener una duración de unos 30 o 40 segundos, pero estos no son contados, ¿para que hacerlo?, si hay tanta belleza frente a los ojos. 
Este encuentro  es una de las tantas grandezas que brinda la naturaleza para admirar. En la leve danza que hace la ballena alrededor del humano, se puede percibir que en el mundo animal de las inmensas aguas oceánicas hay espacio para los que se acerquen a ella, porque hay espacio para la convivencia. Pero desafortunadamente, el hombre es quien rompe ese equilibrio natural y quien no puede integrarse a la naturaleza. El buzo estará cerca a la ballena en esa escena y en la siguiente continuará la compañía, cuando nade junto a un inmenso tiburón. Hasta ahí van los fragmentos de belleza del hombre en el agua, porque el resto de la obra, es para que los animales marinos, submarinos y anfibios, se desplacen en sus espacios naturales.
La llegada a carteleras del documental de Jacques Perrin y Jacques Cluzard es un acontecimiento para mostrarnos en poco más de una hora y media, parte de las múltiples bellezas animales que habitan en el mar.  Pero no solamente son sus imágenes una de sus fortalezas, también lo son sus sonidos.  Nos hemos acostumbrado los humanos a oír únicamente los sonidos que hacen fuera del agua, animales como las ballenas, los delfines, los pingüinos o las focas, pero impresiona aun más en este documental,  los sonidos que hacen los pequeños animales que viven en el fondo del mar.  Emitiendo esos nuevos sonidos, se revelan habitantes acuáticos con sus sorpresivos rostros en los que se puede percibir alguna imitación de los humanos al hacer máscaras ceremoniales como las que tienen ellos de manera genética.

Océanos no solamente ofrece el reconocimiento de los animales más famosos, sino también de algunos que no habían tenido tanta cámara en documentales de vida animal. Por medio de su montaje se establece una comunicación constante entre los ecosistemas de todos los rincones del planeta, en los que las palabras con que los denominamos los humanos no son tan importantes, y los territorios se marcan de acuerdo a las necesidades alimenticias que satisfacen únicamente el hambre momentánea de los depredadores.  Los sonidos son parte clave para el cambio de latitud y de acción, porque emergen y sumergen al espectador en la diversidad de los cosmos que existen bajo el gran azul. La narración en off es escasa y sus textos son contundentes.  Aunque las imágenes y sonidos sean suficientemente impactantes, esta voz nos comunica un llamado para acabar con la terquedad y la sordera de la raza humana.
Haciendo mucho más que insulsos artistas que posan desnudos para hacer noticias que despierten la conciencia ecológica o de modelos, actores y fotógrafos que hacen un comercialito para salir del paso con alguna campaña, el director y productor Jacques Perrin, hace una labor más loable por la preservación del medio ambiente, con la inversión de tiempo y dinero para hacer una obra en la que se demoró cuatro años en construir.  Perrin es un veterano actor francés que se recuerda por papeles en las últimas décadas con películas como Cinema Paradiso, Los coristas y Pacto de lobos.   
Este es su tercer documental que ha tenido una mayor difusión, pero también unas cualidades técnicas únicas porque han utilizado lentes con los que han podido seguir diminutos animales y también peligrosos depredadores, para que el mundo pueda sensibilizarse más acerca del ambiente que tiene compartido y que continúa hoy en día arruinando así ahora exista una mayor conciencia ecológica. Su discurso de preservación es inevitable, las escenas del mar envenenado son necesarias y el silencio por el exceso de animales cazados, avergüenzan y sonrojan a un espectador, que lamenta ver como tanta belleza puede ser arruinada.



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