martes, 30 de noviembre de 2010

La visita de la banda: ha llegado la banda egipcia

(Escrito el 30 de marzo de 2009)


La composición de uno solo de los cuadros fotográficos es maravillosa: siete hombres  con traje celeste de policía atraviesan una ciudad semidesértica de Israel, llevando sus instrumentos musicales en maletas con ruedas. A partir de esta única toma se puede contener  toda una estupenda película como lo es La visita de la banda del israelita Eran Kolirin, y entenderse como la metáfora de un viaje a ninguna parte con todos los arreglos ceremoniales posibles.  

Aunque está contada en una pequeña ciudad de Israel, el punto de vista es de los siete músicos egipcios, quienes han sido invitados a una presentación formal pero que se han perdido en medio del idioma y la desinformación.  Por esta razón se ven obligados a hablar con los habitantes de la población en la que se encuentran estacionados, siendo esta la excusa para entrar en el valioso tema de la comunicación. Si este recurso de guión no sucediera, los músicos solo harían su presentación y volverían a Alejandría su ciudad natal.
La pérdida como vehículo de apertura funciona muy bien en esta ópera prima de Kolirin y lo paradójico en medio del conflicto territorial entre los pueblos musulmanes y el pueblo judío es que el idioma en que deben comunicarse es el inglés. Un idioma lejano a ellos, pero que por asuntos de guerras e invasiones deben hablar para sobrevivir. Allí todos los involucrados desde los habitantes de la ciudad hasta los músicos deben hacer un esfuerzo de pausa para la escucha y de claridad para hablar, para sentarse en una mesa de constante respeto.

Sus tres personajes principales están muy bien desarrollados: el orgullo y disciplina de Tewfiq, el comandante de la banda, pero al mismo tiempo su silencio y sus secretos guardados. La alegría y melancolía de Dina, la mujer israelita dueña del restaurante quien busca un poco de cariño de los extraños, y finalmente el encanto y pretensión de Haled, el integrante más joven de la banda quien constantemente rompe las reglas de movimiento de su taciturno grupo.

Los diálogos son precisos, las acciones bien delimitadas, los movimientos en los planos de los personajes son medidos y al mismo tiempo amplios, que demuestran porque para darle punto final a su guión, su director se gastó nueve años en hacerlo, teniendo como punto de partida esa imagen en la cabeza del policía de traje celeste perdido en la nada.
Hay una escena de diálogo para recordar, en la que Dina en medio de su prolongado acto  de seducción hacia Tewfiq, le cuenta como cuando era niña iba al mediodía de los viernes a ver las películas egipcias con su madre y hermana, y como  ellas estaban enamoradas de Omar Sharif, el actor más famoso de ese país. Podría ser insignificante pero allí se contiene el respeto y admiración que se tienen estas dos culturas milenarias que tantos aportes han hecho a la humanidad en general y que a pesar de su gran conflicto, pueden oírse y ver lo bello que tiene cada una para ofrecer.  La secuencia de la pista de baile en patines es muy graciosa, en la que se traducen los problemas de interacción entre géneros masculino y femenino, como universales y con soluciones similares.

Los premios que ha obtenido en los diversos festivales son más que merecidos, tanto en Cannes, Montreal, Tokio, Munich y los premios Europeos, que avalan esta obra confeccionada con respeto a los dos pueblos, así el sindicato de actores de Egipto la haya boicoteado por ser demasiado israelita, lo cual con una mirada lejana como la occidental, queda sin mucho peso, porque es admirable la presentación de la música de estos hombres de la ley, las profundas letras y los sentimientos que evocan sus cantos y sonidos.  La visita de la banda es todo un canto a la admiración, creada sin ligerezas y con humildad.

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